Se agradecido con lo que tienes

1938...
En ese instante sentí el frío del filo de la bayoneta rosando bajo mi costilla. Era un frío intenso, punzante, aún así, no tan imponente como el miedo que tenía de morir con apenas 18 años. Peor aún, ejecutado por los de mi propio bando.

En esos momentos no había "ni tuyos, ni mios", ante la duda, se eliminaba al ser humano. Había caído en desgracia, y en ese momento, ese parecía mi destino. No tenía mas opción que aceptar que iba a morir.

Puse mi mejor cara. Intenté mostrar que no era fascista, pero, lamentablemente, tanto los mios, como los otros, hablábamos el mismo idioma, teníamos el mismo acento, la misma cultura, los mismos ancestros... y nos estábamos matando. ¿Qué diferencia había en realidad, entre que me matara un aliado o un enemigo?.

En eso pensaba cuando vi hacer a alguien, que sin uniforme, pero con autoridad, la seña fatídica. Los 4 dedos al aire que daban la orden de mi ejecución.

Y en ese preciso instante algo ocurrió, y otro hombre con más autoridad, frenó mi ejecución y decidió creerme. Se acercó a mi y me dijo que ubique urgente a mi regimiento y que si me volvía a ver de nuevo por el lugar, no le iba a quedar mas opción que ejecutarme.

Me fui alegre de allí, saludé con el puño hacia arriba, como buen Republicano, contento de tener un día mas de vida.

Algunos soldados me respondieron el saludo, otros, incrédulos, desviaron la mirada, lo cual no frenó mi sonrisa... estaba vivo, un día mas.

Recorrí el camino que creía podía llegar a conducirme a mi grupo. En el camino calculaba el tiempo que llevaban allí las montañas de muertos por el olor. Había decenas.

Los muertos, a los cuatros días tienen un olor muy particular, y ese camino decidí recorrer, ya que si las pilas tenían mas de ese tiempo, significaba para mi, que en esa área, no había riesgo de encontrarme con ningún regimiento. Se suponía que ya habían pasado.

El olor me guiaba. Mayor olor de cuerpos en descomposición, mayor era mi seguridad. El paisaje se alternaba entre pilas de muertos, casas destruidas y a lo lejos alcanzaba a ver alguna mujer, que al sentir que alguien pasaba, escondía a sus hijos, donde podía.

No me hacía nada bien sentir que podía producir ese efecto en alguien, pero dada la situación en la que estaba, no puedo negar que era una ventaja.

No podía pedir ayuda, y estaba oscureciendo. Mi mejor opción en ese momento era buscar refugio mientras hubiese luz y esperar que el día siguiente, me condujera a algún mejor destino.

Mis compañeros habían sido emboscados, yo había logrado escaparme de los fascistas, pero sin uniforme, mis probabilidades de supervivencia eran escasas o nulas. De cualquier bando que me encontraran mi destino era pasar a degüello.

A pesar de esto, en mi presente, sólo estaba la idea de encontrar un buen lugar para dormir mientras hubiese luz.

¡Allí fue donde vi trincheras!. ¡Qué bueno encontrar trincheras!. Ese era un buen lugar, ¡sin dudas!.
Corrí hacia las trincheras como si en el medio del Sahara hubiese visto agua. Hacia allí me fui, y caí en una de ellas.

Y fue en esa trinchera, donde la encontré... Una flor, en una maceta muy pero muy chiquita. Por la humedad de la tierra estimaba que no hacía mucho tiempo que había sido regada. Y pensé -"Este tiene que haber sido un madrileño... solo un madrileño puede adornar de esta manera este mundo".

Sentí una alegría enorme, y decidí quedarme a dormir solo observando esa maravilla. Había llenado una botella de agua y le dejé la mitad a esa flor, en honor a aquel madrileño, y para orgullo de todo mi Madrid.

HISTORIA DE LA HISTORIA
Esta historia es real, y sucedió en el transcurso de la Guerra Civil Española. El protagonista, vivió pudo escapar del franquismo en 1939, y viajar hacia Argentina, donde pudo desarrollar su vida. Tuve el enorme privilegio de haber pasado un tiempo escuchando las historias de Antonio, cuando vivía en la ciudad de Bahía Blanca. Hoy quiero recordarlo de esta manera, intentando entender las riquezas de la vida desde los elementos mas pequeños y desde las situaciones mas desesperantes.